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El Pais 04 September 2021

El sueño roto de las mujeres afganas


La fotógrafa Kiana Hayeri salió de Afganistán rumbo a Doha el 15 de agosto, después de trabajar durante siete años en este país. Centrada en la situación de las mujeres y los niños afganos, esta imagen la tomó el 5 de mayo pasado en la escuela femenina Marshal Dostum, en Sheberghan. Esta ciudad fue tomada por los talibanes el 6 de agosto. Las afganas tienen miedo, pero sobre todo desesperanza. Y lo cuentan en primera persona.


Tres alumnas de la escuela Marshal Dostum, en mayo de este año, en Sheberghan, en el norte del país, una de las primeras capitales en caer en agosto.KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

Si la comunidad internacional no escucha nuestra llamada y unos pocos países reconocen a los talibanes, será una catástrofe”, alerta Farzana. Esta ingeniera afgana de 42 años ha dedicado su vida adulta a trabajar por una sociedad civil y los derechos de las mujeres. Ahora ve en peligro todo por lo que ha luchado. Incluida su vida y la de su familia. Su caso es un ejemplo, entre millones, de las posibilidades que la derrota del régimen talibán por parte de Estados Unidos abrió para los afganos en 2001, y que ahora ven cerrarse sin remedio con los barbudos de nuevo en Kabul.

Gaisu Yari, a government civil service commissioner, in Kabul, Afghanistan, March 15, 2020. A new generation of career-minded women in Afghanistan fear that all they have fought for will be swept away if the Taliban negotiate a return.,Image: 556574063, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: KIANA HAYERI / New York Times / ContactoPhoto

 

Farzana (nombre supuesto para proteger su identidad) nació en una de las provincias del norte de Afganistán en 1979. Aquel año fatídico que comenzó con la revolución iraní iba a concluir con la invasión soviética de su país y desatar una ola islamista que cambió el mundo para siempre. Pero, sobre todo, marcó su vida y la del resto de los afganos, muy en especial las mujeres. Antes de que cumpliera 11 años, ya había estallado la guerra contra la ocupación soviética, a la que siguió un aún más brutal conflicto civil. A la edad en que debería haber entrado en la universidad, una milicia de fanáticos religiosos se hizo con el poder y trajo la paz, pero destruyó sus sueños.

 La fotógrafa Kiana Hayeri salió de Afganistán rumbo a Doha el 15 de agosto, después de trabajar durante siete años en este país. Centrada en la situación de las mujeres y los niños afganos, esta imagen la tomó el 5 de mayo pasado en la escuela femenina Marshal Dostum, en Sheberghan. Esta ciudad fue tomada por los talibanes el 6 de agosto. KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

 

Por más que las crónicas periodísticas lo repitan una y otra vez, resulta muy difícil alcanzar a comprender lo que eso significa. Tal vez los agobios vividos durante el confinamiento por la reciente pandemia permitan hacerse una idea. Multipliquen ese encierro por cinco años, en casas muy modestas, sin comodidades y, a menudo, sobresaturadas con familias ampliadas por parientes huidos de zonas de combate. Con las niñas y mujeres de la casa a merced de los hombres para limpiar, cocinar y satisfacer sus apetitos sexuales. Sin ningún contacto con el exterior. No había internet y los talibanes incluso prohibieron la televisión.

Fui testigo de ese horror en un viaje a Kabul en 1422. Sí, han leído bien, no es un error tipográfico. Ese era el año del calendario islámico que utilizaban los islamistas y así quedó marcado en mi pasaporte aquel mayo de 2001. No era un régimen medieval, era un régimen cruel. Hasta en el medievo las mujeres pudieron ganarse la vida. Los talibanes, en cambio, les prohibieron trabajar fuera de casa. Con el agravante de que, para entonces, dos décadas de guerra habían dejado casi dos millones de viudas, que eran el único sustento para sus hijos. En la capital, entonces un villorrio de apenas un millón de habitantes, la mitad de las familias tenían al frente a una mujer.

La actriz Hasiba Ebrahimi, que abandonó el país hace un año ante las amenazas de los talibanes, en una imagen tomada en Kabul en marzo de 2020. Refugiada en Australia, comenta a ‘El País Semanal’ desde su exilio: “A pesar de los problemas emocionales que conlleva para mí esta situación, voy a dar lo mejor de mí para los niños y las mujeres afganas a través de los medios. El futuro de las afganas está en manos de los líderes mundiales”. KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

 

La experiencia fue dura. Las imágenes fuera de Kabul eran bíblicas, con niños descalzos trasladando burros cargados de paja. En la capital llegó a ser incómodo. Las miradas de los hombres parecían desnudarte. “Hace cinco años que no han visto el rostro de una mujer que no fuera de su familia inmediata”, se disculpó un empleado de Naciones Unidas.

Ahora bien, los políticos son políticos en todas partes. El régimen de apartheid que los talibanes imponían a las afganas dejaba fuera a las periodistas extranjeras, convertidas por birlibirloque en una especie de hombres honorarios. Cierto que el acceso al país era complicado, pero a la hora de transmitir su mensaje los extremistas no hacían diferencias. Hasta pude entrevistar a su ministro de Exteriores, Wakil Ahmad Muttawakil, la cara visible del sector moderado del grupo talibán.

Un grupo de afganos muestra su pesar tras un atentado de la insurgencia contra una escuela en Kabul en mayo de este año.KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

 

Las lecturas previas a mi viaje advertían de que, en estos casos, la reportera debía situarse en la habitación contigua y hacer las preguntas con una cortina de por medio. Llegado el momento, al ministro solo le faltó darme la mano. Nos sentamos frente a frente en sendas butacas. Hablaba buen inglés y se mostró cordial. Tampoco rehuyó la mirada directa que otros talibanes con los que interactué evitaban. Incluso aceptó que le hiciera un par de fotos, a pesar del tabú al respecto del régimen. Salieron demasiado oscura. No sé si porque la cámara era dese­chable o por el ambiente.

Fuera por convicción o por la situación de emergencia humanitaria que vivía el país, Muttawakil ofrecía un discurso presentable para Occidente. Admitía que las niñas tenían que ser educadas, pero “de acuerdo con los principios del islam”. La misma coletilla que 20 años después repiten sus sucesores. Su interpretación de esos principios limitaba mucho el alcance de sus palabras.

Una familia despide el 1 de junio pasado en Kabul a los que parten, derramando agua para que su camino sea luminoso y vuelvan pronto.KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

 

Sea cuales sean las promesas de los talibanes hoy, esa es la sombra que planea sobre las afganas. También la experiencia que vivió Farzana hasta que los bombardeos de Estados Unidos en represalia por el 11-S derribaron la dictadura islamista a finales de 2001. No tardó en matricularse en la universidad, donde obtuvo su título de ingeniera en 2011. A la vez que estudiaba, empezó a colaborar en organizaciones que se ocupaban de la infancia y la salud. “Desde entonces he trabajado muy duro para mejorar la vida de las mujeres y de la gente de las zonas rurales”, confía, sabedora de que esa labor en la promoción de la educación, la salud y los derechos de las niñas la ha puesto en el punto de mira de los extremistas.

Gracias a su trabajo y al de miles de mujeres como ella, la sociedad afgana ha dado un vuelco en estas dos décadas: la escolarización de las niñas en primaria llegó al 80% (desde un punto de partida cercano a cero), se redujeron significativamente los embarazos en adolescentes y un número sin precedentes de afganas se incorporó al mercado laboral. La Constitución democrática les reservó uno de cada cuatro escaños del Parlamento. Ellas, con su empeño, se han hecho con un 20% de los empleos públicos, según datos recogidos por el Banco Mundial.

Hosna Jalil, viceministra del Interior (a la derecha), y la capitana Rahima Ataee. Ambas mujeres formaban parte de la anterior Administración y fueron fotografiadas en junio de 2020. KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

 

Bastaba darse una vuelta por la zona de Paktonistan Wat a la hora de salida de los ministerios para apreciar la numerosa presencia femenina. No solo en el de Economía o Asuntos Exteriores. También en Defensa e Interior, donde Munera Yousufzada y Hosna Jalil (retratada por Kiana Hayeri en estas imágenes) rompieron tabúes como viceministras. Además de médicas y profesoras, dos ocupaciones más fáciles de aceptar en una sociedad conservadora, las afganas también quisieron ser militares como la capitana Rahima Ataee, policías como la teniente Zala Zahai (también fotografiadas) o raperas como Ramika Khabari.

La alférez Zala Zazai (de espaldas), una de las primeras mujeres policías del país (en la foto, en Khost en junio de 2020).KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

 

“Las mujeres han hecho progresos extraordinarios”, constata Freshta, el seudónimo con el que pide ser identificada la hasta ahora directora de un medio de comunicación provincial, de 39 años. “Que la Constitución consagrara la igualdad de derechos entre hombres y mujeres nos ha permitido votar y ser candidatas, dirigir organizaciones oficiales y no gubernamentales, abrir empresas o dedicarnos a las actividades culturales”, asegura antes de recordar que “todo eso se ha conseguido en las dos décadas pasadas; no existía con los talibanes”.

No fue fácil. Tuvieron que superar muchos obstáculos para hacer realidad sus sueños. “En la universidad y en mi barrio, tengo que cubrirme la cara para evitar los insultos”, me contó Khabari cuando la entrevisté. En ocasiones pasaron miedo, como muchas lo están pasando ahora ante la incertidumbre que cierne sobre el futuro de su país, que es también el suyo. Pero siempre creyeron que merecía la pena. Tenían esperanza en que las cosas estaban mejorando poco a poco. Incluso Wajmah, quien tras casarse optó por quedarse en casa y cuidar de su familia, agradecía salir a la calle sin burka (aunque se cubría con un pañuelo) y saber que sus dos hijas podrían estudiar.

Rada Abkar, fotógrafa y diseñadora, en una muestra de su obra en marzo de 2020, antes de la ofensiva talibán.KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO

Zoha, una periodista independiente que ha trabajado sobre todo en las zonas rurales, subraya que también allí “los cambios han sido enormes”, aunque admite que “en las comarcas más inseguras niñas y mujeres han tenido dificultades para ir a la escuela o no han podido ejercer sus libertades básicas”. Para ella, el derecho a participar en la vida política ha dado a las afganas “el poder para luchar por sus derechos y trabajar por otras mujeres”.

La piscina Amu está en Kabul. Y durante estos años ha sido una de las únicas dos a las que podían acudir mujeres. Esta imagen fue tomada en noviembre de 2019.KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO


Una joven artista, que ni siquiera acepta identificarse con un apodo, considera que lo que está pasando es horrible. “No sé cómo voy a sobrevivir. Ni siquiera los hombres pueden aguantar esta situación y están desesperados intentando salir [del país]. Prefieren morir [intentándolo] antes que vivir bajo el régimen talibán. Así que cómo mujeres como yo, una artista para quien la música es su pasión, vamos a ser capaces de soportarlo. Ahora mismo, estoy buscando alternativas”, admite destruida ante la idea de tener que dejar Afganistán y convertirse en una demandante de asilo en un país lejano.

Freshta recuerda con anticipada nostalgia que su trabajo la llevó a viajar por medio mundo y a recibir numerosos premios. “Y eso en un país tradicional y con un ambiente social poco favorable porque la mayoría de la comunidad se oponía a que las mujeres trabajaran, en especial en los medios de comunicación. Nuestra generación abrió camino para las jóvenes que han venido después”. Por eso ahora teme que, una vez en el poder, los talibanes intenten imponer de nuevo sus normas. “Eso significaría que no hay lugar ni oportunidades para las mujeres en Afganistán”, concluye.

Un grupo de mujeres trabajan el azafrán en Herat (diciembre de 2018).KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO


Reconocen que el suyo es un país conservador, pero el rigorismo del que hacen gala los talibanes lo sienten ajeno a ellas. “Con mi trabajo podía acceder a mujeres de las aldeas que no hablan con hombres, que confiaban en mí y cuya voz intentaba transmitir”, cuenta Zoha. ¿Quién recogerá ahora sus cuitas y preocupaciones?

A Farzana le cuesta incluso verbalizar lo que les espera. La idea de que se prohíba trabajar a las mujeres, como ya está pasando en algunas provincias, que se les exija ir acompañadas de un varón cuando salen de casa o que se les imponga el burka le resulta demasiado dolorosa. Es el esfuerzo de 20 años perdido. Pero ahora que conocen sus derechos, las afganas van a ser más difíciles de silenciar. Algunas valientes se han atrevido a pedir a los talibanes que las incluyan en su Gobierno. Están dispuestas a luchar desde dentro por mantener cada centímetro conquistado. Otras no pueden arriesgarse y trabajarán desde fuera. Todas luchan en su fuero interno contra la desesperanza que las invade.

Una imagen del pasado que difícilmente se repetiría ahora, un grupo de mujeres practica yoga en Kabul en abril de 2021. La fotógrafa Kiana Hayeri es pesimista: “No veo la luz al final del túnel”KIANA HAYERI / NEW YORK TIMES / CONTACTOPHOTO